La Joaqui convers con Tlam sobre los ataques que recibi en las ltimas semanas despus de cantar con LGante en Tecnpolis Foto Diego Izquierdo
La Joaqui conversó con Télam sobre los ataques que recibió en las últimas semanas después de cantar con L-Gante en Tecnópolis. Foto: Diego Izquierdo

La cantante urbana La Joaqui aseguró que «hay un montón de gente que no quiere aceptar que haya otros que salgan adelante y que les molesta que cambie el destino que esperaban que tuviéramos», al conversar con Télam sobre los ataques que recibió en las últimas semanas después de cantar con L-Gante en Tecnópolis.

«Estamos creando música y sin afectar a nadie para darle a nuestras familias una vida mejor y para que los pibes que salen de los mismos lugares que nosotros vean que se puede», señaló la marplatense Joaquinha Lerena, quien vivió su adolescencia en las playas de Tamarindo, en Costa Rica, hasta que un día volvió a la Argentina para asumir su destino como artista.

Con un estilo visceral que apuntaba directo al corazón del machismo y la misoginia de sus rivales, La Joaqui agigantó su nombre dentro de las competencias de freestyle cuando se consagró como la primera mujer en participar y clasificar en las batallas nacionales de Red Bull, una conquista que contribuyó al proceso de deconstrucción de la escena e inspiró a otras chicas a seguir sus pasos.

En simultáneo, comenzaba a darle impulso a una carrera que se iba a afianzar con igual fluidez tanto en los nuevos ritmos tropicales como en las distintas vertientes del hip-hop: «Lo que más me gusta es la Cumbia 420, pero también me encanta el rap. Siento que el tiempo pasa y la gente va queriendo escuchar otras cosas. Y uno como artista tiene que buscar la versatilidad y saber desenvolverse en todos los sonidos. Es lo que lo hizo eterno a Snoop Dogg», analizó.

Télam: Acabás de estrenar «Un Montón» junto a la española Juicy Be ¿Cómo se dio esta primera colaboración con una colega europea?

La Joaqui: Cuando planeaba ir a Barcelona le escribí, porque ya nos tirábamos flores por las redes. Nos ‘likeábamos’ todo, ya había onda. Le dije que me moría por hacer algo con ella y me respondió que le encantaba lo que hacía y que seguía desde hace mucho. Cuando llegué me encontré con una Joaqui de otro país. Fue mágica esa conexión real y estuvo lejos de ser algo impostado o de hacerlo por conveniencia. Nos gustaba lo que hacía la otra, nos conocimos y nos llevamos increíble.

T: ¿Qué sensaciones te quedaron después de cantar junto a L-Gante en Tecnópolis?

LJ: Fue algo mágico, porque cuando sacamos ‘Lassie’ no nos imaginábamos que iba a explotar así y fue inmenso cómo se fue dando todo. Con los pibes de la Cumbia 420 somos amigos, nos cuidamos y nos ayudamos mutuamente entre todos, que es lo que importa. Porque uno llega más lejos en equipo cuando se saca el estigma de que uno sólo es el mejor. Nosotros venimos de lugares socialmente más difíciles, con complicaciones tal vez distintas a las del resto. Es un poco como lo que ha pasado con muchos futbolistas, o lo que representaba la historia de Maradona. Romper con eso de que el pibe de la villa va a ser chorro y demostrar que cualquier pibe de ahí puede ser igual de inmenso o más que personas con otras posibilidades.

La Joaqui agigant su nombre dentro de las competencias de freestyle Foto Diego Izquierdo
La Joaqui agigantó su nombre dentro de las competencias de freestyle. Foto: Diego Izquierdo

T: Hay una mirada clasista que no puede tolerar que las clases populares accedan al goce, como expresó alguna comunicadora en los últimos días…

LJ: Me hirió que una señora de la edad de mi abuela busque boicotear mi carrera, que es con la que alimento a mis hijas. Fuera del puterío, me dolió cómo una persona que no sabe lo que nos ha costado la vida a nosotros busque tirar abajo nuestro crecimiento. Más allá de si te gusta o no la música, o si habla o no de cosas que te representan, la Cumbia 420 tiene su valor por lo que simboliza socialmente. Yo tengo un comedor en Barrio Libertad, a donde van un montón de chicos de las villas que quieren cantar como L-Gante o La Joaqui. Chicos que no tenían esa esperanza y ahora la tienen. Todos tenemos derecho a expresarnos ¿Quién es quién para decir qué es lo que está bien en la vida de otro o buscar imposibilitarlo de exteriorizar cosas que sienten? Hay gente que dice que hacemos canciones frívolas que sólo hablan de joda. Y yo hago Cumbia 420 pero mi ídolo máximo es el Indio Solari. Me encuentro con ese estigma, que me dicen que escucho al Indio, pero que escribo ‘con la tanga colorada’. Pero nuestro lugar es otro: queremos que sólo te diviertas, que escuches nuestra música en el boliche y te olvides por un ratito que no llegás a pagar el alquiler. A diferencia del resto, no queremos pensar todo, queremos generar un lugar para no pensar.

T: ¿Cómo fue para vos dar esos primeros pasos dentro del Freestyle, donde predominaba entonces una mirada machista y misógina dentro y fuera de las batallas?

LJ: Fue bastante complicado. Tal vez no lo entendía y no le ponía palabras porque nos faltaba deconstrucción. Un ejemplo es una de las situaciones que viví con un artista mucho mayor que yo que hacía rap y que sonaba mucho en ese momento. Yo tenía 16 años y este señor me insultaba públicamente en Facebook. «Cuando asumas que sos rubia y mina vas a entender que no podés rapear», decía en las redes, mientras otra gente lo avalaba. Hoy un tipo llega a poner eso de una mina y está cancelado, pero en ese momento había gente que lo festejaba.

T: ¿Competir y hacer música es manejar energías muy distintas?

LJ: No está bueno competir y componer al mismo tiempo. Pienso que componer es soltar y competir es mezclar; una cosa te alimenta y la otra te vacía. Es poner la energía en distintos lugares. Soy partidaria de que está bueno dedicarle a cada cosa toda la emoción que requiere. Por eso me retiré y estuve años desaparecida de la escena; también porque estuve con problemas personales. La persona que manejaba mi carrera me sacó todo y me dejó solo deudas. Eso alimentaba mi frustración y era imposible que funcionara así en las batallas.

T: ¿Tu vuelta del año pasado en Florencio Varela marca tu regreso definitivo a las competencias?

LJ: Por momentos me dan muchas ganas y por otros me da miedo. No sé si todavía estoy lo suficientemente fuerte para lidiar con eso o que me digan algo que no pueda diferenciar de lo personal y no pueda responder. Este año me dediqué mucho a la música, así que debería prepararme muchos meses para competir como me gustaría. Pero, gracias a Dios, un día me animé a volver y me levanté más rápido de lo que me caí. Para mí lo más importante era hacerlo en una plaza, que es donde me hice. Yo soy una privilegiada, porque salí de ahí y llegué a Europa, pero ¿cuánta gente de la que uno aprenda se queda ahí? El mundo no le da la misma suerte a todos.

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